Unos tipos móviles

Johanes Gutemberg trabajaba para la Imprim & Ir Company, una multinacional con sede en Maguncia. Johanes amaba los retos, era famoso por cumplir con plazos de impresión imposibles y trabajar sólo con los mejores artesanos y las tintas más selectas.

Un hombre con una capacidad de trabajo excepcional pero con un vicio, las apuestas. Era capaz de apostar sus sueldo casi sin pensar, apostaba en carreras, en juegos de mesa, en competiciones de comer y beber, cualquier excusa era buena para tentar a la suerte. Su madre, Else, solía decirle que de tanto apostar iba a gastar su suerte y acabaría con un futuro triste y negativo, pero él creía que era supersticiones de una mujer entrada en años.

Un lunes lluvioso mientras comía chucrut y bebía una cerveza de medio litro fabricada por un tal Paulan en el pub más grande de Maguncia se le acercó un hombre misterioso, con ropas procedentes de otro país quizás Turquía o Egipto. Tras escrutarlo durante unos segundos le preguntó con un marcado acento: tengo un reto para ti, ¿aceptas?. Gutemberg levantó la vista y sin pensar asintió con la cabeza, ni si quiera sabía de qué se trataba pero era una apuesta y llevaba dos semanas en racha. El hombre le explico que quería 100 libros de 100 páginas impresos en 10 días, era un reto que nadie había conseguido cumplir antes. Estrecharon la mano, el hombre entregó el ejemplar que debía reproducirse y lo citó en el mismo lugar 10 días y medio después.

Gutemberg aparcó todos sus trabajos y se dedicó día y noche a la impresión de las obras, llamó a su especialista en creación de moldes y le ofreció una cantidad desorbitada de dinero con una única condición, debían ganar la apuesta. Después de tres días, su hombre de confianza comenzó a quejarse de dolores en los brazos y en las manos, le dijo que no podría continuar creando los moldes, que desistía.

Johanes enfureció, nunca había abandonado una apuesta, las había perdido y las había ganado pero siempre lo había intentado hasta el final. Iracundo lanzó una de las planchas contra su ayudante que escapó gracias a unos buenos reflejos. El molde chocó contra una de las máquinas y se hizo añicos, había trozos por todos lados, palabras truncadas y letras sueltas.

Letras sueltas. Letras sueltas. De repente Johanes dejó de gesticular y de proferir improperios, mandó al ayudante a casa, una idea acaba de cruzar su cabeza. Tipos móviles, letras repetidas para combinarse a placer y convertir a la impresión en una fórmula que requeriría un esfuerzo mínimo. Nadie debía conocer su secreto, había dado con la clave para agilizar su trabajo y convertirse en el impresor más veloz del continente.

Su terquedad y su fidelidad al código de las apuestas le llevo a seguir trabajando incesantemente aunque sabía que no podría cumplir los plazos pese a este descubrimiento, si hubiese encontrado los tipos móviles tres días antes todo habría sido distinto.

Al llegar el día señalado se presentó ojeroso ante el extranjero, con el llevaba 78 ejemplares de libros. El visitante se mostró curioso y sorprendido, le reconoció el mérito de ser el impresor que más se había acercado a cumplir el reto, sin embargo no habría recompensa pues aún faltaban 22 ejemplares.

Johanes reconoció su derrota pero le solicitó una nueva apuesta a doble o nada, en 15 días traería 200 ejemplares de ese mismo libro. El extranjero se apresuró a cerrar el trato mientras reprimía una sonrisa de ganador.

A los 15 días Johanes había recuperado su racha de apuestas, se hacía con el dinero del viajero y había escrito su nombre en la historia de la impresión a golpe de tipos móviles.

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