Los malos también venden

En publicidad es habitual encontrarnos con ídolos de masas, héroes deportivos o genios en su campo que promocionan productos. Ellos, los buenos de la película tienen todas las características que un anunciante quiere vincular a su marca, éxito, conocimiento, atractivo… Si seguimos la lógica de la transferencia de los valores positivos del personaje al producto, está claro que es una fórmula interesante. ¿Pero qué sucede con esta combinación? Que se repite más que el final de Verano Azul. ¿Cuántos productos están recomendados por famosos que se incluirían dentro del conjunto de “los buenos“? Cientos, miles… Hay tantas sonrisas Profident que recomiendan yogures, helados, productos deportivos, colonias y demás que hacen difícil el recuerdo, y en publicidad si no te recuerdan estás perdido.

Pero ante esa exaltación tradicional del bueno de la película aparece un recurso un poco más arriesgado pero con mayor pregnancia, usar al “malo“. El antagonista deportivo o social, esos seres necesarios para que los personajes ejemplares destaquen y aparezcan esplendorosos a través de una oposición digna, son utilizados en la publicidad con una buena acogida por parte del target. Aunque claro, utilizarlos con todos sus atributos negativos puede ser demasiado arriesgado por eso suelen verse insertos en piezas humorísticas.

El mundo del fútbol es un filón para este tipo de piezas, veamos algunos ejemplos.

Prosinecki, un jugador que no se recuerda precisamente por su conducta franciscana, protagonizó una serie de spots de Renault.

Guti, un genio con el balón cuya concentración en el campo no era su punto fuerte, aunque podría hacer una guía Michelín de locales de ocio.

Romario, otra figura que tuvo una gran repercusión dentro y fuera del campo.

Por último abandonando el ámbito de lo deportivo, recordamos un anuncio que reunió a los anti-cantantes y anti-profesionales del mundo de la televisión, los llamados freakies.

¿Recuerdas más ejemplos?

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