El invisible

 
El invisible (relato corto).
 
Isaac es el hombre invisible. Se reúne con nosotros cada viernes por la noche para tomar unas cañas y siempre lo ves riendo y compartiendo nuestros comentarios pero sin anticiparse en la palabra ni poniendo el último punto de una conversación. El es la troupe, la morralla, el relleno, la pieza sin dibujo que completa nuestro puzle pero de la que nadie se percata si falta. Convive con nosotros sin llamar la atención y ya nadie recuerda como entró a formar parte del grupo, de la misma forma que nadie se plantea de donde viene el aire que respira. Creo que esa es la razón por la que, a pesar de amigo, es también un extraño para nosotros.
De hecho el otro día, pensando en todo esto, quise acercarme hasta el museo, donde me habían dicho que trabajaba, para tratar de relacionarme algo más con él. Una vez allí me sorprendí al conocer que formaba parte del departamento de restauración. Hasta ese momento había creído por su personalidad grisácea y omitida que sería un simple chupatintas, como yo, o quizás un conserje o algo igual de aburrido, pero de pronto tuve mi primera visión real de él cuando lo vi rodeado de lienzos y telares antiguos, demostrando unos profundos conocimientos de arte que no habíamos supuesto en él o que tal vez, no nos habíamos molestado en descubrir.
— Ten cuidado con esas agujas — me dijo — son peligrosas.
En ese momento estaba restaurando un enorme tapiz que por lo visto había sido diseñado por un maestro licero del siglo XIX llamado Emile Munier y que debía de ser muy importante a juzgar por el esmero que le ponía mi amigo a su trabajo. Yo dejé en paz sus herramientas y me acerqué a mirar sus manos que perforaban una y otra vez la tela con una de aquellas finísimas astillas de metal. Lo hacía pausadamente, casi con el aliento contenido y con una dedicación al borde de lo obsesivo. Por un momento se me antojó una actividad criminal.
— Si tan peligrosas son, ¿por qué las usas con esta tela tan cara? — pregunté sin pensarlo detenidamente.
Isaac soltó la aguja y la depositó cuidadosamente a un lado. Después de un largo resoplido me dirigió una amplia sonrisa como si hubiera dicho algún chiste y lo acabase de comprender.
— Nuestra labor como restauradores es proteger y mantener la pieza en el estado más natural posible. Retornamos la obra a su belleza original, arreglamos los desperfectos que provoca el tiempo pero debemos preocuparnos de no dejar en ésta una huella propia diferente de la de su autor. Cada vez que atraviesas la tela para restaurarla, la urdimbre se abre un poco más por el sitio por el que pasas la aguja. Se va calando y causando un desligamiento de los hilos lo que además favorece la entrada de hongos y bacterias por la traspiración. Por esa razón utilizamos estas agujas especiales que causan un menor deterioro del paño. Pero son tan finas y afiladas que podrías clavarte una en un dedo sin tan siquiera enterarte.
Asentí con severidad. Todo aquello me pareció muy instructivo, no por la lección de arte, sino por el descubrimiento de que detrás de su transparencia en el grupo había un mundo bastante más rico del que me hubiera imaginado. De alguna forma me sentí abofeteado por mi propia ignorancia.
Ese viernes nos reunimos, como siempre. En aquella ocasión Isaac no pudo venir porque al cabo de un mes habría una exposición del señor Munier, y por lo visto llevaban algo de retraso con las obras restauradas. No obstante, nadie pareció echarle en falta, salvo yo, que, por primera vez, notaba su sitio vacío. Quizás fuera por esa sugestión pero me dio la sensación de que la reunión no resultaba tan distendida como otras veces. Lo notaba en las caras de los chicos, un poco más serias y con la ebriedad un poco menos chispeante que otras veces. Allí no faltaba nada, estaban los comentarios mordaces de Toni, y los chistes verdes de Gonzalo. Después de cada coplilla había un rumor de risas somnolientas, pero entre unas y otras rezaba un hueco casi imperceptible, como el que deja entre su trama una urdimbre maltratada por el tiempo.
Entonces, comprendiéndolo, busqué en el bolsillo de mi chaqueta la aguja que le había robado a Isaac el día anterior en el museo. Tenía la intención de mostrarla, de no dejarlo a él totalmente al margen. Al principio pensé que la había perdido, pero al sacar la mano de mi bolsillo vi que tenía la aguja enterrada en la yema de mi dedo índice. No lo había notado, aunque sí me dolió un poco cuando la extraje.
— ¿Sabéis que el trabajo de un restaurador consiste en arreglar los desperfectos de una obra sin que se note su huella? — Dije, pero enseguida cambiamos de tema.
Idafe M. Hernádnez Plata

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